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Autos clásicos

Jishu-kisei, la historia del pacto de los 276 caballos

Durante más de una década, un acuerdo entre las marcas limitó la potencia de los autos en Japón.

Jishu-kisei, la historia del pacto de los 276 caballos

En el año 2004, Honda lanzó al mercado al Legend, un auto que ostentaba la cifra de 300 CV. Parece algo mínimo, un debut sin importancia de un modelo como tantos otros en el mercado japonés. Sin embargo, el Legend tenía 300 CV, nada más y nada menos ¿Por qué nos interesa entonces este dato, si hay coches mucho más potentes, incluso para esas fechas? La respuesta, claro, viene de mucho más atrás.

Con el fin de la Segunda Guerra y el advenimiento de la guerra fría, Japón comenzó un furioso proceso de crecimiento económico. La industria automotriz fue una de las espadas del país del sol naciente, que vio cómo su parque automotor se expandía a pasos agigantados. Como contrapartida de esto, en los años 70' los jóvenes comenzaron más y más a expresar una apatía profunda. Una sociedad muy rígida, que vivía por y para trabajar, hacía que la juventud buscara en otros asuntos un escape a esa idiosincrasia.

Entre las manifestaciones de descontento, una pronto se consolidó entre las clases bajas de Japón: la tribu urbana Bōsōzoku, que hacía de la velocidad y los vehículos su mantra. Este tipo de pandillas se movían en grupo y desobedecían constantemente las leyes de tránsito. Las muertes por accidentes no tardaron en aumentar y rápidamente la sociedad volteó hacia los Bōsōzoku para encontrar culpables. A partir de ello, la JAMA (la asociación de fabricantes) decidió tomar cartas en el asunto y limitar todos los vehículos, sin importar su motor ni segmento, a 180 km/h.

Inicialmente, la legislación tuvo éxito y la violencia relacionada con pandillas disminuyó. Sin embargo, para fines de los 80', la tasa de mortalidad en accidentes superaba las 10.000 muertes por año, por lo que nuevamente la JAMA decidió intervenir. Esta vez la cosa fue más allá de la velocidad, y se centró en la guerra por la potencia que las automotrices venían manteniendo. Todos los fabricantes se plegaron al jishu-kisei (auto-restricción), como forma de publicitar su "compromiso por la vida", y se estableció un tope de 276 caballos (si creías que era de 280, tiene que ver con la diferencia mínima entre caballos de fuerza -HP- y caballos de vapor -CV o PS-).

Esta limitación se dio mediante un "pacto de caballeros", por lo que en realidad, técnicamente no era ilegal fabricar motores más potentes. De hecho, varios motores eran capaces de erogar más caballos, y así lo hacían en mercados extranjeros. El Nissan Fairlady Z, lanzado en 1989, inauguró esta etapa y luego le siguieron modelos como Nissan Skyline GTR, Toyota Supra, Subaru WRX STi, Honda NSX, Mitsubishi Evolution y Mazda RX7. Podían variar los motores y la cilindrada, pero nadie pasaba los 280 CV en territorio japonés.

Para los años 90', la mortalidad disminuyó notablemente, pero no necesariamente por el pacto. Las nuevas tecnologías de seguridad activa y pasiva llamaron la atención de los expertos, que comenzaron a dudar del verdadero impacto de la restricción motora. Sin embargo, ningún fabricante daba el primer paso para superar la cifra tope. Eso sí, era vox populi que el día que uno pisara a fondo, los demás iban a seguirlo velozmente. En 2004, Itaru Koeda, jefe de JAMA, declaró que no había relación entre la mortalidad y la velocidad, y meses después Honda lanzaba el Legend.

La llegada de ese modelo terminó el pacto de caballeros, y así los fabricantes japoneses dieron rienda suelta a sus fábricas para ir por más y más potencia. Finalizaba así un pacto de caballeros funcionó de manera inamovible por más de una década, y dejó una huella importante en una de las economías más poderosas del mundo.

 

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