En el Dakar hay peligros que se anuncian y otros que se intuyen. Para 2026, antes incluso de que ruede el primer vehículo, los pilotos ya tienen claro cuál será el primer gran filtro de la carrera: un inicio incómodo, técnico y mentalmente desgastante, marcado por piedras, terreno roto y una navegación más traicionera de lo habitual.
No se trata de reeditar el infame 2021, aquel Dakar que quedó asociado a pinchazos en cadena y abandonos masivos. La organización fue clara desde el primer momento: no será tan extremo. Pero en el rally raid la diferencia entre “no extremo” y “decisivo” suele ser muy fina. Y los favoritos lo saben.
EL DILEMA QUE NADIE RESOLVIÓ

Las zonas de piedras exponen una contradicción brutal para quienes aspiran a la general. Bajar el ritmo parece lógico para preservar neumáticos y mecánica. El problema es que el Dakar moderno no perdona la cautela excesiva. El ritmo es altísimo desde el día uno y regalar segundos es empezar a perder minutos.
Lo más perverso es que ni siquiera levantar el pie garantiza seguridad. En este tipo de terreno, el pinchazo acecha igual. Así, los candidatos al título quedan atrapados en una lógica peligrosa: correr rápido para no perder terreno… sabiendo que cada impacto puede tener consecuencias.
UNA DIFICULTAD CON RED, PERO SIN COMODIDAD

Para 2026, el Rally Dakar no renuncia a ese componente incómodo del recorrido. Al contrario: lo mantiene, pero introduce mecanismos para que no se convierta en una lotería temprana. La clave está en los pit stops para cambio de neumáticos, que finalmente serán tres a lo largo de la carrera.
A las dos etapas iniciales se suma una tercera más adelante (la 11°), una decisión que busca equilibrar la dureza sin neutralizarla. La intención es clara: el Dakar puede ser exigente, incluso incómodo, pero no quiere que la carrera se defina por un daño inevitable antes de tiempo.
Cuando parecía que el escenario estaba bajo control, apareció un elemento que alteró todos los cálculos: la lluvia. En el desierto, el agua no solo cambia el paisaje; redefine el terreno. “Ha llovido mucho y eso ha cambiado las características de las primeras etapas. Ahora hay más piedra que arena porque la lluvia se la ha llevado”, reveló David Castera, responsable de la competencia.
El efecto fue inmediato. Sectores que antes eran relativamente nobles quedaron expuestos, con piedra suelta y superficies rotas. Esto obligó a revisar el trazado y a recalificar peligros, elevando el nivel de riesgo en puntos que originalmente parecían controlados. La carrera no será distinta en el papel, pero sí en la realidad que encontrarán los pilotos sobre el terreno.
NAVEGAR CUANDO NO HAY HUELLAS

Foto: Marcelo Maragni / Red Bull Content Pool.
La lluvia también golpea en otro frente igual de sensible: la navegación. En el Dakar, las huellas visibles son referencias clave, sobre todo para quienes abren pista. Cuando esas huellas desaparecen, la exigencia se multiplica.
“La lluvia borra las pistas. Intentamos compensar con más indicaciones de rumbo, pero lo que antes se veía ahora quizá no esté”, explicó Castera.
Esto anticipa un inicio especialmente complejo para los líderes de cada categoría. Más dependencia del roadbook, menos referencias visuales y un margen de error mínimo. En ese contexto, perderse puede ser tan costoso como romper un neumático.
El Dakar 2026 no arrancará con una etapa “de acomodo”. Desde el primer contacto con el desierto habrá decisiones que pesan: cuánto arriesgar, cuándo atacar y hasta dónde forzar la mecánica. Habrá herramientas para amortiguar el golpe, pero no comodidades.
La sensación es que la carrera no se va a ganar en esas primeras jornadas, pero sí puede empezar a inclinarse. Porque cuando el Dakar propone un inicio incómodo, no lo hace para castigar al azar, sino para recordar una de sus reglas no escritas: quien quiere ganar, primero tiene que sobrevivir.
Fuente: Automundo
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